Harry Harlow fue un psicólogo americano conocido mundialmente por sus experimentos con macacos rhesus en la década de los sesenta. Uno de sus experimentos más conocidos consistió en separar a las crías de mono de su madre biológica y meterlos en una jaula con dos madres artificiales, una fabricada con alambres y provista de un biberón y la otra confeccionada con felpa, pero sin alimento. Los pequeños monitos pasaban la mayor parte del tiempo con la madre de peluche, y sólo cuando necesitaban alimento se acercaban a la de alambre.
En otro experimento, Harlow probó a introducir a un grupo de monos en una jaula con la madre de alambre y a otro grupo con la madre de peluche, y descubrió que los monos ubicados con la madre de peluche estaban más dispuestos a explorar la jaula, y que cuando algo les asustaba corrían para abrazarse al peluche. Por otra parte, los monos que estaban con la madre de alambre no exploraban, sino que gritaban, lloraban y se chupaban el dedo, y cuando algo les asustaba, simplemente se encogían de hombros y se quedaban paralizados.
El estudio prueba que la necesidad de contacto es instintiva y básica, y que la necesidad de afecto, protección y seguridad es superior a la necesidad de alimento, ¿pero esto es válido a cualquier edad?
Si en lugar de tratarse de un macaco bebé hubiesen probado a introducir en la jaula con las dos monas artificiales a uno joven y en edad de reproducirse, supongo que hubiese aostiado a la mona de alambres, se hubiese hecho un ruso blanco con el biberón y hubiese violado a la mona de peluche hasta quedarse inconsciente y con los ojos blancos.
¿Y si en lugar de una madre de alambres y otra de peluche se metiesen dos de peluche, una mona grande y achuchable y otra pequeña y vulnerable? Todos tenemos clara la importancia de la necesidad de cariño, ¿pero hay alguna prioridad a la hora de profesarlo? Yo pienso que en una fase del desarrollo más temprana el mono se decantará por la grandota, y en una fase más avanzada, cuando la necesidad de dar protección sustituya a la de ser protegido, cogerá el peluche pequeño y vulnerable, pero esto no siempre sería así.
Los integrantes de una pareja pueden asumir muchos roles, pero existe un triángulo básico sobre el que se articulan todos los matices de la relación: “padre, hijo y amante”, y “madre, hija y amante”, respectivamente. Este triángulo equilátero dibuja una pirámide alzando su cúspide en el concepto de compañero y compañera. Y la capacidad para ejercer cada papel viene dada, además de por la situación y la actitud de la pareja, por el grado de madurez emocional y la identidad de la persona… ¿o hablábamos de monos?
El psicoanalista Ricardo Capponi (sálvese quien pueda) distingue varios subtipos de hombres según la manera en que se relacionan con la pareja: los tipos duros, donde se encuentran los obsesivos, los narcisistas, los celosos y los depresivos; y los tipos blandos, donde se encuentran los fóbicos, los histéricos y los infantiles. En cualquier caso (e independientemente del primate) considero que siempre hay excepciones: un mono también puede asumir el rol de protector como vía para satisfacer su ego, aún no estando capacitado para ello. De la misma forma, otro puede estar tan cómodo con el rol de protegido que no se plantee ningún cambio. Además, esta elección también depende del grado de sumisión de cada sujeto a las influencias sociales sobre los cánones de belleza, a las experiencias pasadas y a chorradas tan triviales como la época del año, el tiempo que lleve sin comer o lo bien que haya dormido esa noche.
Con todo y con esto, mantengo mi hipótesis de que a grandes rasgos, la dificultad de los blandos para ejercer las tareas propias del rol paterno y de los duros para tolerar protección sumisos hacen que unos las prefieran carnosas y otros las prefieran canijas. Por supuesto, siempre hay excepciones y términos medios.

STILL-LIFE WITH SMIRNOFF, MONKEY AND PIN-UP BLONDE, fotografía de roberthuffstutter con licencia Creative Commons.