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A la francesa

Publicado en literatura el julio 25, 2011 por Chivone

La intimidad no es una protección que nos concedan los demás con su indiferencia, sino una cavernosa guarida donde no entran caretas ni disfraces; un territorio personal en lo más profundo del ser y en el que habita desnuda el alma. Dejarla al descubierto puede ser desgarrador o deleitante, pero ocultarla con mil capas de hormigón seguramente haga que ni tú mismo la sepas penetrar. Cuando esto sucede, yo pienso que lo mejor es recuperarla de la mano de alguien.

-¿Qué os apostáis a que con un puto boli bic consigo 10 pavos?

Así empezó para mi la noche, por la tarde, como siempre, y brindando con cerveza, como también suele ser costumbre. Pero se introducía un nuevo elemento: un bolígrafo. Moreno se apostó 10 euros y Alberto 2. Andrés debió de verme tan convencido que no se apostó nada. La idea era hacerle retratos a la gente en las servilletas de los bares. No gané ni un euro, como es normal, pero fue estimulante eso darle otra vez al dibujo. Además, era un pretexto perfecto para romper el hielo y arrancar conversación con cualquier tía, por altiva o buena que estuviese.

A eso de las cuatro, bastante ciegos y con interesantes aventuras a nuestras espaldas, entramos al único bar que quedaba abierto de la zona y empezamos con nuestras desconcertantes danzas alcoholizadas. A un grupo de francesas debió de atraerles cómo hacíamos el gilipollas, y con brindis y flashes se sumaron a la fiesta. Cuando nos desposeyeron los espíritus del desenfreno y la excitación se nos pasó me acerqué a la francesa más guapa y le dije que le hacía un dibujo. Ella no hablaba ni papa de español, pero debió de enterderme por el boli y la servilleta que mostraba.

Nos sentamos fuera, en un bordillo, donde los aullidos del resto no eran más que el eco de otro mundo. Se creaba así un nuevo universo, descosido de las asperezas rutinarias, amasado con miradas y heredero de babel. Aún con todo, no hacían falta palabras, la semiótica de cualquier movimiento facial era mucho más reveladora. Ella sabía que no podía moverse, y yo que tenía que rastrear cada pliegue, contorno, sombra o forma que dibujase su piel, y retratarlo todo en una imagen. Por muy perfecto que fuese el dibujo, siempre sería un insulto a la realidad. Nos aguantábamos la mirada hasta cruzar abismos insospechados. Yo repasaba varias veces la misma línea, despacio y saboreando el momento. Hubiese estado así hasta que la tinta perforase el papel, pero en un arrebato de supraconsciencia etílica, caí en que mi persona no le interesaba lo más mínimo. El dibujo, para mí, era la forma de acercarme a ella. Yo, para ella, era la forma de conseguir el dibujo. Y en ese dilema estaba cuando me despedí y me volví solo a la cama. Dos besos, otra sonrisa y un incomprensible adiós que destruía ese momento.

No sé su nombre y estoy seguro de que nunca la volveré a ver, pero esa noche no pude evitar imaginármela desnuda, follando, en la intimidad de nuestro universo.

Fotografía de Guiselita con licencia Creative Commons.

Caminante de los huevos

Publicado en literatura el mayo 22, 2011 por Chivone

Puede pasar
que el abandono no te deje caminar,
que tropieces con la acera
y que al levantar
de acero
veas tus sombras proyectar.

Pasear
sobre tu propia muerte
y florecer
sobre los restos descompuestos
de lo que no fuistes
tras nacer.

Si el camino se hace al andar
las direcciones que no pudiste cruzar
se atraviesan
para hacerte tropezar.

fotografía de galería de soyignatius, con licencia Creative Commons.

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