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El poeta de la tiza

Publicado en editorial, relatos el Marzo 29, 2009 por Chivone

Realmente era poesía el ruido de la lluvia al caer sobre su cuerpo. Arrodillado sobre el asfalto, un espejo inconcreto con movimiento independiente, sentía su piel bostezar al contacto con el agua, derritiéndose entre la bruma. Las palabras se fundían unas con otras en charcos de estaño, deslizándose por las fachadas hacia abajo.

Quién lo diría cuando el muchacho sembraba con poesías las calles de la ciudad, quién fuera a pensar que la lluvia iba disolver el trazo de sus tizas cuando plasmaba su vida sobre los muros de aquel lugar. Dedicó su existencia a moldear sus pensamientos dándoles la forma perfecta sobre paredes con una tiza entre los dedos, y así, redactó miles y millones de versos que hacían a la gente llorar.

Escribía en casas ajenas, en lugares públicos… daba igual. Con sus poemas derribaba las fronteras que separaban a unas personas de otras, y desvestía el cuerpo de sus lectores para liberar sus almas. Así, los dioses, envidiosos por la actitud del muchacho, descalzaron su espíritu del cuerpo humano que lo envolvía para confinarlo en un tosco peñasco de tiza blanca.

Pasó el tiempo, y el viento fue esculpiendo su retrato de pena en el bloque, de donde poco a poco, a la intemperie, salió nuevamente el muchacho. Su cuerpo era blanco y dejaba huellas de talco al caminar, pero no cesó en sus esfuerzos por hacer libre al ser humano, y siguió grabando poesías por donde deambulaba. Escribía con sus dedos, que uno a uno se le fueron consumiendo, pero sus versos eran cada vez más sublimes y en quienes las leían se desataban excitaciones cada vez más gloriosas. Y los dioses, resentidos por la virtud y el empeño del muchacho, decidieron matarle al llegar la primavera.

La primera gota, como una lágrima que en su caída baila sin miedo en el aire, se posó en la cabeza del muchacho y se deslizó surcando su frente y su mejilla hasta caer al suelo, pintándolo de blanco. La gota había dejado un reguero la cara del muchacho. Entonces se rompió el silencio con un brutal aguacero que estalló sin más.

Las poesías empezaron a confundirse unas con otras, rajándose por cien partes y resbalando confusas por las paredes. El muchacho calló de rodillas, pero con una sonrisa; embelesado por la belleza de la lluvia. Y así, clavado en el suelo y sintiendo cómo su cuerpo se desvanecía junto al trabajo de toda su vida, entendió que cada gota hidrataba arroyos en los que circulaban sus versos. Cesó el chaparrón, y en el asfalto se manchaba el reflejo de la realidad con restos de tiza disuelta que seguían respirando el mismo sentimiento.

Desde entonces, cada vez que llueve los dioses temen, pues en el caer de la lluvia, si uno agudiza el oído, todavía escucha el rumor de unos versos que antaño escribió el poeta de la tiza.

Hoy llueve. La lluvia me inspira.

gota de lluvia

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El arte en los renglones torcidos

Publicado en reflexiones, relatos con etiquetas , el Octubre 16, 2008 por Chivone

Acabo de terminarme “Los renglones torcidos de Dios”, un gran libro que me prestó una gran amiga. La novela, escrita por Torcuato Luca de Tena, es una de las mejores que he leído en mucho tiempo, aunque me ha llamado especialmente la atención unas palabras que hay en la página 70 y 71 y que quiero compartir con quien lea esto:

-¿Qué piensa usted de las artes?

-El arte es la ciencia de lo inútil.

El médico frunció la frente sorprendido. Aquella respuesta no cuadraba con la personalidad que había creído adivinar en su paciente.

-¿Quiere decir que desprecia usted las artes; que las considera algo trivial, y a quienes las practican gentes desocupadas que no tienen otra cosa mejor que hacer?

-¡Nada de eso, doctor! ¡Considero que el arte es tanto más sublime cuanto mayor es su inutilidad!

-Explíquese mejor.

-El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer para alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añadan placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas formas y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómago una salsa cumberland o un chateaubriand a la périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas que tienen el pasamanos de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente “añadido a la pura necesidad”… ¡ya es arte! La gastronomía, la hoy llamada alta costura y la decoración son las primeras artes creadas por nuestra especie, porque representan los excesos inútiles añadidos a las necesidades primarias de comer, abrigarse y guarecerse.

Esto lo leí un domingo en el tren volviendo de Alicante a Murcia y me llamó tanto la atención que tuve que copiarlo a mano en una libreta que llevaba.

La máscara del miedo

Publicado en explorando, relatos con etiquetas , , el Abril 12, 2008 por Chivone

Una máscara, una máscara de cartón pintada a brochazos con un vainilla pardo es todo lo que necesito para ser feliz. Pero que no tenga esos agujeros arqueados que me permitan la vista. No quiero ver nada. Quiero una máscara sin ojos; también sin boca y sin oídos (aunque las máscaras no tienen oídos). No quiero hablar ni oír, simplemente cubrirme el rostro con esa máscara para ocultar mi miedo y para no percibir el suyo, porque ellos también tienen miedo, miedo de que nosotros seamos personas. Lo somos, aunque tanto se han esforzado por ensartarnos la idea contraria en el cerebro que muchos hemos perecido con el cráneo taladrado de nocivas falacias que daban credo a su mentira. Me desdoblé y contemple mis sesos esturreados por una tierra que regaba mi sangre y la de tantos otros, mi cuerpo deforme con los miembros plegados de una forma ridícula y el pellejo macilento envolviéndome los huesos. El oficial que me mató, un coronel de la SS, acariciaba el caparazón de su fusil mientras ojeaba sin interés mi cadáver abatido. ¿Por qué yo muero y tu vives? Pensé en ese momento, pero sonreí cuando deliberé en que no era así: ahora yo vivo libre y tú morirás con cada segundo, me dije.

Una lágrima lidió por nacer de mis ojos, pero fue imposible; una bomba estalló a mi lado, pero no hubo ruido que perturbara este silencio maldito; un olor a podrido emergió de los efluvios que mi cuerpo rezumaba, pero por mis fosas de alma en pena no se introdujo hedor alguno. Intenté gritar, pero mis labios no se despegaron y un mugido de angustia se me atragantó en el cuello. Poco a poco, de una luctuosa penumbra, acechó al mundo la más truculenta oscuridad. Había nacido en mi semblante etéreo la máscara que tanto deseé en vida, no sé si pintada a brochazos con un amarillo pardo, pero me impedía ver, oír, oler y hablar. Y así, con una máscara amordazándome el sentido, llevo vagando durante décadas por este mundo ajado mientras espero a que se desvanezca el miedo, para no necesitar máscara tras la que ocultarme.

campo de concentración

Y te quemé

Publicado en relatos con etiquetas , , , el Marzo 27, 2008 por Chivone
Por casualidad abrí el armario; no buscaba nada en especial, pero lo encontré a él, ahí, plegado y medio descompuesto por el paso del tiempo; desdeñado en el abismo del olvido. Lo miré y sentí lástima. Él ofreció su vida por mí, por nosotros, y no merecía podrirse en ese agujero. Cogí su cuerpo con cuidado y lo arrastre desde mi apartamento hasta la playa. Tumbado y con el pecho apuntando al cielo parecía seguir vivo; su lugar era la playa, no un triste armario.
Junté un montoncito de algas secas y las coloqué a su alrededor de forma que estuvieran en contacto con su carne amoratada, entonces le prendí fuego. Ardía lento, y su alma la aspiraban las olas con el susurro atropellado de un mar bravo. Derramé una lágrima en memoria de cuanto compartimos; de su ayuda en los momentos más difíciles, entre tanto, él me miraba con la ternura que lo caracterizaba. “No pasa nada, fue un honor servirte”, parecía decir desde su capilla ardiente mientras el fuego lo devoraba.
El viento, un rumor que me acariciaba el pelo, mecía sus efluvios con solemnes bocanadas camino del eterno paraíso. Y una vez que se extinguió el fuego, un mustio tropel de pasto ennegrecido exhaló su última fumarada. Yo me arrodillé sobre arena parda observando cómo la orilla engullía poco a poco la tierra, y oculté los restos de mi amigo bajo un manto de arena húmeda. Ese fue mi último adiós.
Hasta siempre. Nunca te olvidaré.

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a tomar por culo

Publicado en General, relatos con etiquetas , el Marzo 22, 2008 por Chivone
El puto ordenador se me reinicia cada vez que intento enviar o recibir algo, pues dejo aquí la foto y a tomar por culo, así ya de paso actualizo. Tb dejo un cuentecillo que he escrito pa un concurso.

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Abrumado por tanta responsabilidad, el animal había huido. El alacrán, guardián del cofre, se marchó después de abrirlo para la mujer sin sonrisa.
-¿Aún vives? Pensaba que te había matado- dijo ella, pero la niña no respondió, simplemente la miraba asomando la cabecita desde el baúl.
-¿Cómo has logrado sobrevivir tanto tiempo sin nada?- preguntó la mujer sin sonrisa acariciándole la mejilla.
La niña había yacido durante años dentro de un baúl bajo la cama de aquella señora, con el único amparo de unos cromos y una pelota blanca.
-Porque soy tu ilusión, y la ilusión nunca muere… sólo se olvida.- dijo ella risueña.
Y la mujer sonrió.

Quién sale perdiendo

Publicado en reflexiones, relatos con etiquetas , , , el Marzo 2, 2008 por Chivone
Este relato lo escribí anoche para el concurso de relatos de la hoja negra, pero cuando releí las bases me dí cuenta de que no eran 400, sino 300 palabras… con lo que ya no me sirve. Intentaré recortarle algo para poder utilizarlo. Aquí dejo la pieza original:
Un eructo despertó a la joven Reya de su profundo sueño, y al abrir los ojos y ver en su cuarto a un señor gordo disfrazado de payaso comenzó a gritar desesperadamente, se calló de la cama, se apoyó asqueada contra la pared y allí siguió berreando temblorosos alaridos que hacían eco contra las paredes. El autor de la hermosa flatulencia, entre tanto, la miraba descojonándose con atropelladas carcajadas de autista mientras sostenía un litro de cerveza a medias. Su cara, demacrada, lucía una gruesa capa de maquillaje alrededor del hocico y los ojos; tenía la boca entreabierta y se le adivinaban movimientos de contoneo hacia delante y detrás como si estuviese en una mecedora.
Reya se cansó de gritar y, medio afónica, preguntó con un lánguido suspiro: -¿Quién eres?
-Soy tu conciencia.- Respondió el mórbido arlequín. –He venido a presentarte al amor de tu vida ¿Te vienes o qué?
-¿Y si llamo a la policía?
-Tendría que matarte… ¿Te vienes o qué?- Volvió a preguntar con aspereza.
-De acuerdo… Respondió ella mientras le surcaba el rostro una lágrima.
-Pero te tienes que tapar los ojos con esto. –Dijo él con una sonrisa y sosteniendo una cinta.
El payaso le ocultó la mirada tras la tela y le cogió de la mano. –Ahora tienes que seguirme…- Anduvieron durante más de una hora hablando del tiempo hasta que al fin, tras subir una larguísima escalera, le dijo su secuestrador que podía quitarse la cinta. Ella obedeció sin objetar palabra y vislumbro frente a sí la puerta de un terrado, miró al acompañante y le preguntó con el rostro tenso: -¿Qué se supone que debo hacer? ¿Me vas a violar?
-¡NO!- Gritó el payaso y le dio una bofetada que le rompió el labio y casi la tira al suelo. -¡Ahí está el amor de tu vida! ¡Cruza esa puerta!
Reya abrió la puerta y se sorprendió al encontrar el suelo de la azotea lleno de velas; llamas que bailaban al compás del viento rodeando a un muchacho ataviado con un traje de etiqueta y una máscara veneciana ocultándole la cara.
-¿Tú eres el amor de mi vida?- Preguntó ella impresionada.
-Sí. Abrázame.- Respondió el muchacho con una voz masculina, pero cuando Reya se acercó, le cogió por un brazo y la lanzó por el balcón. Luego entró la conciencia, que miró hacia abajo y se fumó un cigarro con el amor.

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Ilustración: Arlo Forbes

La homosexualidad

Publicado en reflexiones, relatos el Noviembre 24, 2007 por Chivone
Hasta el año pasado, más o menos por estas fechas, yo siempre había sido un intransigente en cuanto al tema de la homosexualidad. El cambio fue brusco; fue un segundo, un destello y una lágrima.
Volvíamos derrotados y con paso errante después de una ajetreada noche de fiesta por Murcia. Estaba amaneciendo; serían las 7 de la mañana, y lo que antes era eufórica borrachera, ahora se había invertido en una resaca con regustillo amargo en la que los jugos gástricos pujaban por escapar de mi vientre. Yo me rezagué del grupo, porque si no andaba a mi rítmo tenía la certeza de que moriría con el amanecer al igual que se moría la noche. Era una de esas mañanas nubladas en las que, teniendo en cuenta mis dos dioptrías (y que siempre voy sin gafas), la realiad parecía un cuadro impresionista de trazo descuidado.
Vi entonces dos figuras a lo lejos, caminaban cogidas de la mano abriéndose paso entre la bruma como un pincel afilado y avanzaban con paso tranquilo, tal que si no fueran a ningún sitio. Cuando estuvieron tan cerca de mí que pude distinguir sus rasgos masculinos me emocioné, incluso sentí envidia del AMOR que de ellos rezumaba. Yo, solo y medio borracho en una ciudad extraña, comprendí que esas dos personas eran felices.
Al márgen de que se considere una enfermedad o no, pues en el fondo da igual, lo verdaderamente monstruoso es negar a un ser humano la posibilidad de ser feliz. Si el amor es la representación mas sublime de la felicidad, rebatir su acceso es el asesinato de toda motivación en la que esta se ramifique. Y ese vacío tan grande será ocupado por la desdicha que supura la intolerancia ajena.
¡¡LIBERTAD!! (física y moral).

Reflexiones de una paja

Publicado en reflexiones, relatos el Noviembre 23, 2007 por Chivone
Hoy me he hecho una paja. Todo ha sucedido en la ducha (para ahorrar tiempo). No practico el arte del onanismo con demasiada frecuencia, pero hoy simplemente me apetecía. Recuerdo que mientras me la zarandeaba vigorosamente pensaba en ti: en la turgencia de tus pechos, en tus nalgas secuestradas por mis dedos y en la marea revuelta de tu cabello bailando al compás de mi voluntad. Incluso he recreado con mi diestra las espasmódicas contracciones de tu orgasmo antes de yo recibir el mío. Cuando, después de nublarse el mundo, todo se ha calmado, he abierto los ojos y he reparado en que no estabas; en que tu presencia se había tornado vaporosa y tus suspiros eran una sinfonía de gotitas de agua estrellándose contra la mampara de mi ducha.
“¡Que ingenua es la naturaleza humana!”, pensé, pues tus inventadas contracciones no son para otra cosa que alojar mi semillita en tu ser; la potencia de mi eyaculación, para facilitar este proceso; y nuestro deseo, la justificación de todo este mecanismo reproductivo. “Pues esta vez te vas a quedar con la gana, gilipollas”, le espeté a mi naturaleza mientras el semen se perdía bajo mis pies por el desagüe de la ducha.

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