Una máscara, una máscara de cartón pintada a brochazos con un vainilla pardo es todo lo que necesito para ser feliz. Pero que no tenga esos agujeros arqueados que me permitan la vista. No quiero ver nada. Quiero una máscara sin ojos; también sin boca y sin oídos (aunque las máscaras no tienen oídos). No quiero hablar ni oír, simplemente cubrirme el rostro con esa máscara para ocultar mi miedo y para no percibir el suyo, porque ellos también tienen miedo, miedo de que nosotros seamos personas. Lo somos, aunque tanto se han esforzado por ensartarnos la idea contraria en el cerebro que muchos hemos perecido con el cráneo taladrado de nocivas falacias que daban credo a su mentira. Me desdoblé y contemple mis sesos esturreados por una tierra que regaba mi sangre y la de tantos otros, mi cuerpo deforme con los miembros plegados de una forma ridícula y el pellejo macilento envolviéndome los huesos. El oficial que me mató, un coronel de la SS, acariciaba el caparazón de su fusil mientras ojeaba sin interés mi cadáver abatido. ¿Por qué yo muero y tu vives? Pensé en ese momento, pero sonreí cuando deliberé en que no era así: ahora yo vivo libre y tú morirás con cada segundo, me dije.
Una lágrima lidió por nacer de mis ojos, pero fue imposible; una bomba estalló a mi lado, pero no hubo ruido que perturbara este silencio maldito; un olor a podrido emergió de los efluvios que mi cuerpo rezumaba, pero por mis fosas de alma en pena no se introdujo hedor alguno. Intenté gritar, pero mis labios no se despegaron y un mugido de angustia se me atragantó en el cuello. Poco a poco, de una luctuosa penumbra, acechó al mundo la más truculenta oscuridad. Había nacido en mi semblante etéreo la máscara que tanto deseé en vida, no sé si pintada a brochazos con un amarillo pardo, pero me impedía ver, oír, oler y hablar. Y así, con una máscara amordazándome el sentido, llevo vagando durante décadas por este mundo ajado mientras espero a que se desvanezca el miedo, para no necesitar máscara tras la que ocultarme.
